Parece obvio, no todos los hoteles son iguales. No es lo mismo un “Hotel Miramar 2” en la costa Mediterránea que una “Hospedería de la Tía Herminia” en los montes leoneses. Ni siquiera es lo mismo un hostal encima de una gasolinera de la N-457, que un gran hotel de negocios en un parque empresarial de Barcelona o Sevilla. Cierto, tanto es así que gran parte de los clientes de los diversos hoteles saben, o intuyen, que es lo que se van a encontrar y qué limitaciones con respecto a unas cosas u otras tendrán tales instalaciones.
A nadie en su sano juicio se le ocurriría pensar que en un hotel de cuatro estrellas en el corazón de un aeropuerto la comida la prepara una señora de pueblo a base de pucheros aprendidos de su abuela, ni que el propietario converse con cada cliente sosegadamente después del desayuno indicándoles, de paso, la mejor manera de aprovechar las caminatas por el entorno. Es tan obvio, que llama la atención que los requisitos a implantar y los manuales de buenas prácticas que se exigen para acceder a las etiquetas de calidad son los mismos para cualquiera de los establecimientos.
Convendría revisar, y definir, en un país como este con enorme desarrollo turístico, los parámetros de lo que se entiende por calidad según los segmentos. La inercia administrativa somete a las mismas exigencias a negocios que por su naturaleza son bien dispares.
En el entorno rural, que es lo que me afecta, la calidad es muy subjetiva, difícilmente definible. Es más bien un cúmulo de sensaciones lo que, al final de la estancia, evalúa al hotel.
Por ejemplo, es fundamental el entorno. Otros establecimientos pueden estar sobre una autopista, y carecerá de importancia si el salón de convenciones es lo bastante amplio y climatizado. O de espaldas a un vertedero, nada que decir si la piscina tiene animación y el mar está a un paso. O sobre un club de rojos neones.
Un hotel rural depende del entorno, y el cliente sentirá, nada más llegar, cierta frustración y hasta sensación de estafa si lo que las fotografías no le mostraron es un gran aparcamiento de autobuses frente a su ventana o la sucursal de una caja de ahorros.
Pero hay más, mucho más. Y dado que las miradas de una multitud se están volviendo hacia el turismo rural hay que hacerse fuerte en los valores de lo que se tiene sin renunciar a ciertos aprendizajes para poder ofertar “nuestra” calidad. Yo particularmente necesito atraerme al cliente a mi terreno, “educarlo”, y hacerle sentir que puede pertenecer al paisaje, salir de su papel de espectador que mira un escaparate más o menos hermoso. La televisión, el Internet, los videojuegos, interfieren en esa intención. Mantienen, a mi modo de ver, a las personas atrapadas en su rutina sin que terminen de ingresar en las vacaciones y se hace mucho más difícil conquistarles. De esa manera se compromete mi aspiración de calidad, tanto como si los desayunos no fueran buenos o la limpieza de las habitaciones dejara que desear.
Para quienes tales accesorios no son irrenunciables recomiendo, en el final de la primavera, un bonito recorrido por el litoral al se le da el nombre de “Senda Costera”
No merece la pena profundizar mucho en los pormenores del recorrido. Tan solo indicar que está bien señalizado, y que cada año se le agrega algún sector más, de momento tiene unos 45 km. de los cuales se pueden hacer todos, muchos o casi ninguno, a pie o en bicicleta, y con la seguridad de que, salvo algún agrícola autorizado –y acaso un aislado gamberro- no seremos molestados por vehículo alguno. Es un trayecto paralelo a la costa, y ocupa buena parte del litoral del concejo de Llanes. Es asequible a todo tipo de público, atraviesa praderas, se asoma a acantilados sobre los que el Cantábrico bate incesante, cruza poblaciones con preferencia de sus rincones más sosegados y, sobre todo, enseña numerosas playas tan hermosas como variadas. Parece mentira que en tan poco espacio quepa tal diversidad.
Me atrevo a recomendar protector solar, gorra, buen calzado y, por encima de veinte grados, bañador – o no, si se baja a ciertas playas…-
Una excursión dentro de ese soberbio marco promete una merecida ducha, agradable cena, descanso. Tal vez entonces se nos antoje lejana la hora en que otras necesidades reclamaban demasiado espacio en el tiempo de ocio.
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miércoles, 28 de abril de 2010
martes, 9 de marzo de 2010
“ELLA ESTÁ EN EL HORIZONTE
ME ACERCO DOS PASOS,
ELLA SE ALEJA DOS PASOS.
CAMINO OTROS DOS Y EL HORIZONTE SE ALEJA DIEZ.
POR MUCHO QUE YO CAMINE
JAMÁS LA ALCANZARÉ.
¿PARA QUÉ SIRVE?
PARA ESO SIRVE;
PARA CAMINAR”
Antes vivíamos en una vida aparentemente ordenada; trabajos estables, chalet adosado, dos coches…y sin embargo algo nos susurraba que no era ese el sendero para nosotros. De manera que tomamos la decisión de cambiar de vida, de recorrido. Un buen día llegamos a Asturias, encontramos una casa con finca que en apariencia nos esperaba, fue como encontrar pareja, una química que produjo un extraño flujo reciproco. Nosotros y ella.
La casa se nos hizo una figura entrañable a primera vista. La vimos adormecida, recostada entre la arboleda que sin control ni aparente orden había medrado por allí en los últimos veinte años. Era una tarde soleada del invierno, muros y tejas recibían por igual caricias de luz dorada y dibujos del ramaje desnudo que la rodeaba. Una fila ordenada de olmos jalonaba el lado del camino que daba al río. Aquellos árboles sí habían sido plantados en su día con intención, sin embargo, el olvido también se notaba en ellos, desgreñados, con miríadas de ramitas desordenadas que más parecían una infección que un armónico parterre natural. Daba la impresión de que en la soledad se habían vuelto cimarrones los olmos aquellos.
El edificio estaba como clavado en el paraje, igual que si hubiera pertenecido a él siempre, todo alrededor lo envolvía y, a la vez, lo preservaba. Se veía mucha piedra de sus muros, pero aún persistían grandes tramos de irregular revoque pintado de blanco que soportaba, sin cuidado alguno, el paso de los años. El conjunto; casa, camino, árboles, puente y río dialogaban en una imagen de sosiego que apenas lograba arañar el apremio de quien nos la enseñaba.
Tal vez un duende se apoderó de nosotros, se apropió de la voluntad que nos regía y torció para siempre eso que la mayoría llama sentido común. Pero, ¿Qué son los sueños si no una turbia refracción que a algunos impulsa a desviarse de lo previsible?
En pocos meses estábamos viviendo allí, metidos en obras como albañiles, arquitectos, constructores, carpinteros, empresarios, transportistas, pintores y…soñadores. Hoy todo es un hecho, y acaso vayamos olvidando los escollos terribles que sembraron nuestra andanza, llegamos a la orilla, o casi, y eso es lo importante. Atrás un camino que aquilató nuestras posibilidades; desarmamos un edificio y elevamos una idea, un sueño…hoy está aquí, y os espera.
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